SUDAMÉRICA Y EL MERCADO
Por Pablo Javier Agoglia

El gran problema que hoy ataca a todas las economías mundiales es el mercado y su poder de adquisición. Más aún, en América del Sur este parece ser el punto débil y constante del fracaso de las economías de cada uno de los países.

Tenemos que considerar que el mercado es la base de una economía. Más allá de antiguas fórmulas concebidas, no existe economía de ningún tipo que no posea un mercado por objetivo y sea exitosa.

La economía actualmente estriba en procesos productivos, de manufactura o servicios, estatales o privados. Estos procesos funcionarán siempre y cuando la producción que generen pueda ser ubicada en el mercado.

Ese mercado debe poseer dos características básicas: la necesidad y la posibilidad de adquisición.

En este sentido no cabe duda que América del Sur y los países que la componen, tienen el aspecto de necesidad suficientemente insatisfecho. Cuando se plantea la comparación con otras zonas del planeta, sólo los países del África y Asia tienen características similares.

Ahora que la necesidad puede ser entendida en dos dimensiones diferentes. Una de ellas apuntaría a todo aquello que el ser humano requiere para subsistir como tal, mientras que otra forma de verlo señalaría a todo aquello que el ser humano desea. Esta última acepción es la que a la economía actual interesa.

La posibilidad de adquisición es otra historia. En principio, la necesidad es muy útil al momento de obtener un cliente potencial; pero ese cliente deja de ser potencial si no tiene los medios para adquirir cualquier producto.

Claro, sin dinero es inútil un mercado… pero el desafío entonces es cómo hacer que el mercado posea recursos.

Esto plantea un gran paradigma donde han fracasado los mejores economistas… y donde han triunfado gran cantidad de empresas. Tómese como ejemplo a la más difundida marca de gaseosas del mundo, que ha obtenido ganancias en cualquier economía, incluso en la de los ex-países comunistas.

La lección de este ejemplo nos indica que debemos pensar en un producto que sea adecuado para las características del mercado. Y aquí detengámonos un momento con un ejemplo: si decidimos producir reproductores de MP3 (formato de música en archivos de computadora) para autos en un mercado como podría ser algún país de África central, fracasaremos drásticamente. Y esto no se debe a un problema de falta medios para adquirirlos, sino a que la necesidad no existe; no sólo hay pocos automóviles sino que en su cultura estos equipos todavía se desconocen y por más que se conocieran no se comprendería su necesidad. Entonces, el mercado potencial es un porcentaje mínimo de una población pequeña.

Con lo cual, en principio debe propiciarse el tipo de producción hacia las características del mercado; y si esto es fructífero destinar las ganancias en dos direcciones: reinversión y distribución. La reinversión es necesaria en cualquier proceso productivo para mantener las líneas de producción, mejorar la producción, mejorar el proceso productivo y diseñar nuevos productos. La distribución es la necesaria reinserción de parte de esas ganancias en el nivel adquisitivo de los habitantes. Esto generará un nuevo mercado que tenga más posibilidades de adquisición y, por ende reformulará el tipo de producción a propiciar. Y entiéndase que dentro de esos habitantes están los inversores, aquellos que han invertido capital, medios y recursos para un emprendimiento y esperan su legítima ganancia.

Ahora que también existe un problema más, y es el tamaño del mercado. De acuerdo al tipo de producto a fabricar, será rentable recién al colocar en el mercado determinada cantidad de unidades. Y este es el argumento que utilizan los grupos económicos para inducir a que un país no es rentable.

Bien, en este aspecto la integración es fundamental. Si entendemos a un país solo, el mercado es pequeño y los precios a los que vender un producto para generar ganancias es alto. Pero, si entendemos a un grupo de países, las condiciones son otras.

La enseñanza de esto la tenemos en la Unión Europea, donde para enfrentar este problema recurrieron a unir a todo un continente con las ventajas extras que ello implicó. Desde el punto de vista productivo, ampliaron su mercado y mejoraron los costos de producción, distribución y comercialización, entre otros. También, y no menos importante, con las reglas de juego claras y estables, cualquier emprendimiento puede ser entendido (y es posible) en el largo plazo.

Seguramente en los Estados Unidos también se planteó el tema del mercado; ya que entre la invasión comercial japonesa y el cierre del mercado de Europa, hubo que considerar al resto de América.

Nos encontramos entonces en un tablero propuesto por Estados Unidos, donde quiere aprovechar el mercado América del Sur, pero sólo eso.

En ese sentido, el ALCA propone una libertad de comercio que trae una segunda intención aparejada. No se trata de condiciones de comercio para todos iguales, sino de un mercado para la economía norteamericana.

Y los síntomas son claros, los Estados Unidos (al igual que otros grupos de poder económico internacionales) tratan de inyectar dinero en las economías de América del Sur, pero lo controlan a fin de que con ese dinero se comercie con empresas extranjeras. Y las ganancias devengadas de estas operaciones parten por completo hacia el exterior. No hay reinversión en la zona ni redistribución. De hecho, la forma en que ese mercado “paga” es con la explotación de recursos naturales no renovables que también parten hacia el origen de esos grupos.

Esto lleva a una ineludible condición, el mercado de América del Sur es viable y redituable; pero lo es si lo consideramos como un todo y no como países aislados. Por otra parte el impedir la fuga de ganancias y recursos a un margen lógico debe ser un axioma ineludible.

Una integración económica plantea posibilidades de desarrollo interno y permite competir en mejor posición en otros ámbitos económicos; sin perder identidad, sino por el contrario fortificándola.