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El gran problema que hoy ataca a todas las economías
mundiales es el mercado y su poder de adquisición. Más aún,
en América del Sur este parece ser el punto débil y constante
del fracaso de las economías de cada uno de los países.
Tenemos que considerar que el mercado es la base de una
economía. Más allá de antiguas fórmulas concebidas,
no existe economía de ningún tipo que no posea un mercado
por objetivo y sea exitosa.
La economía actualmente estriba en procesos productivos,
de manufactura o servicios, estatales o privados. Estos procesos funcionarán
siempre y cuando la producción que generen pueda ser ubicada en
el mercado.
Ese mercado debe poseer dos características básicas:
la necesidad y la posibilidad de adquisición.
En este sentido no cabe duda que América del Sur
y los países que la componen, tienen el aspecto de necesidad suficientemente
insatisfecho. Cuando se plantea la comparación con otras zonas
del planeta, sólo los países del África y Asia tienen
características similares.
Ahora que la necesidad puede ser entendida en dos dimensiones
diferentes. Una de ellas apuntaría a todo aquello que el ser humano
requiere para subsistir como tal, mientras que otra forma de verlo señalaría
a todo aquello que el ser humano desea. Esta última acepción
es la que a la economía actual interesa.
La posibilidad de adquisición es otra historia.
En principio, la necesidad es muy útil al momento de obtener un
cliente potencial; pero ese cliente deja de ser potencial si no tiene
los medios para adquirir cualquier producto.
Claro, sin dinero es inútil un mercado
pero
el desafío entonces es cómo hacer que el mercado posea recursos.
Esto plantea un gran paradigma donde han fracasado los
mejores economistas
y donde han triunfado gran cantidad de empresas.
Tómese como ejemplo a la más difundida marca de gaseosas
del mundo, que ha obtenido ganancias en cualquier economía, incluso
en la de los ex-países comunistas.
La lección de este ejemplo nos indica que debemos
pensar en un producto que sea adecuado para las características
del mercado. Y aquí detengámonos un momento con un ejemplo:
si decidimos producir reproductores de MP3 (formato de música en
archivos de computadora) para autos en un mercado como podría ser
algún país de África central, fracasaremos drásticamente.
Y esto no se debe a un problema de falta medios para adquirirlos, sino
a que la necesidad no existe; no sólo hay pocos automóviles
sino que en su cultura estos equipos todavía se desconocen y por
más que se conocieran no se comprendería su necesidad. Entonces,
el mercado potencial es un porcentaje mínimo de una población
pequeña.
Con lo cual, en principio debe propiciarse el tipo de producción
hacia las características del mercado; y si esto es fructífero
destinar las ganancias en dos direcciones: reinversión y distribución.
La reinversión es necesaria en cualquier proceso productivo para
mantener las líneas de producción, mejorar la producción,
mejorar el proceso productivo y diseñar nuevos productos. La distribución
es la necesaria reinserción de parte de esas ganancias en el nivel
adquisitivo de los habitantes. Esto generará un nuevo mercado que
tenga más posibilidades de adquisición y, por ende reformulará
el tipo de producción a propiciar. Y entiéndase que dentro
de esos habitantes están los inversores, aquellos que han invertido
capital, medios y recursos para un emprendimiento y esperan su legítima
ganancia.
Ahora que también existe un problema más,
y es el tamaño del mercado. De acuerdo al tipo de producto a fabricar,
será rentable recién al colocar en el mercado determinada
cantidad de unidades. Y este es el argumento que utilizan los grupos económicos
para inducir a que un país no es rentable.
Bien, en este aspecto la integración es fundamental.
Si entendemos a un país solo, el mercado es pequeño y los
precios a los que vender un producto para generar ganancias es alto. Pero,
si entendemos a un grupo de países, las condiciones son otras.
La enseñanza de esto la tenemos en la Unión
Europea, donde para enfrentar este problema recurrieron a unir a todo
un continente con las ventajas extras que ello implicó. Desde el
punto de vista productivo, ampliaron su mercado y mejoraron los costos
de producción, distribución y comercialización, entre
otros. También, y no menos importante, con las reglas de juego
claras y estables, cualquier emprendimiento puede ser entendido (y es
posible) en el largo plazo.
Seguramente en los Estados Unidos también se planteó
el tema del mercado; ya que entre la invasión comercial japonesa
y el cierre del mercado de Europa, hubo que considerar al resto de América.
Nos encontramos entonces en un tablero propuesto por Estados
Unidos, donde quiere aprovechar el mercado América del Sur, pero
sólo eso.
En ese sentido, el ALCA propone una libertad de comercio
que trae una segunda intención aparejada. No se trata de condiciones
de comercio para todos iguales, sino de un mercado para la economía
norteamericana.
Y los síntomas son claros, los Estados Unidos (al
igual que otros grupos de poder económico internacionales) tratan
de inyectar dinero en las economías de América del Sur,
pero lo controlan a fin de que con ese dinero se comercie con empresas
extranjeras. Y las ganancias devengadas de estas operaciones parten por
completo hacia el exterior. No hay reinversión en la zona ni redistribución.
De hecho, la forma en que ese mercado paga es con la explotación
de recursos naturales no renovables que también parten hacia el
origen de esos grupos.
Esto lleva a una ineludible condición, el mercado
de América del Sur es viable y redituable; pero lo es si lo consideramos
como un todo y no como países aislados. Por otra parte el impedir
la fuga de ganancias y recursos a un margen lógico debe ser un
axioma ineludible.
Una integración económica plantea posibilidades
de desarrollo interno y permite competir en mejor posición en otros
ámbitos económicos; sin perder identidad, sino por el contrario
fortificándola.
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