SUDAMÉRICA
EN BUSCA DE UNA ESTRATEGIA PARA LA UNIÓN
por José Martiniano Duarte

 

"Con liderazgo y opinión pública aún se puede transformar una crisis en una gran oportunidad".

 

Asistimos a un momento de la historia en el que es necesario elaborar una estrategia que permita hacer frente a los nuevos desafíos que plantea la globalización.

 

Deberíamos pensar si la Unión en sí misma debe ser considerada una estrategia y sobre su significado; la base política sobre cual construirla y la base económica sobre la que estará apoyada.

Dilucidar los límites que separan lo uno de lo otro (lo político y lo económico), y si puede prosperar un proyecto de unidad política que deje de lado, al menos momentáneamente, lo económico.

Hoy la globalización ha logrado disociar (no separar) lo económico de lo político, ha creado un nuevo escenario donde el mercado y las comunicaciones condicionan las decisiones políticas a un punto tal de enfrentar, muchas veces, al Estado con sus gobernados.

Extrañamente lo económico disputa espacio de poder a lo político y pareciera, en muchas partes del mundo, ir ganando la contienda. Principalmente en aquellos sitios donde el poder político ha confundido las reglas del juego con el juego mismo.

Alguien podría pensar que estas son las nuevas reglas de juego del poder que se han planteado a partir de la explosión de la informática y las comunicaciones y su repercusión en el mercado; pero, a mi entender, no se trata de reglas de juego sino que la política, equivocadamente, está jugando un juego distinto al de la economía.

El verdadero mal de la globalización no está en la globalización misma, sino en la incapacidad de la política de actualizarse y adaptar sus sistemas y métodos a la nueva exigencia.

Las reglas de la política parecen en muchos casos haber quedado obsoletas ante las remozadas y vigorosas leyes del mercado que aprovechan todas las capacidades de la informática y las comunicaciones en tiempo real.

Esto es lo que lleva, en muchos ámbitos, a confundir globalización con lo universal.

Jean Baudrillard, durante un reportaje reciente sobre el pensamiento único y el universal, lo explica de una manera muy gráfica al contestarse la pregunta "¿por qué es peligrosa la globalización?".

"Porque globalización y lo universal no son la misma cosa, sino términos excluyentes. La globalización es el mercado, la información, la tecnología, el turismo. Lo universal son los valores, los derechos del hombre, la libertad de cultura y la democracia. Y mientras la globalización es irreversible, lo universal está en vías de extinción".

La complejidad y variedad de situaciones que plantea el ambiente de la globalización nos permiten distinguir, para los países sudamericanos, verdaderas amenazas, íntimamente relacionadas entre sí y que interfieren con el Estado Nación afectando:

1ro. Su capacidad de adaptación a las nuevas exigencias del mercado y las comunicaciones.

2do. Su legitimidad.

3ro. Su poder, como ejercicio, que le permita alcanzar sus objetivos básicos.

El hilo conductor que relaciona los parámetros pareciera ser la eficacia del Estado Nación para hacer frente a la problemática y exigencias que plantean los nuevos desafíos. En estos tres parámetros, según sea su resolución, están contenidas las fortalezas o debilidades que el Estado Nación tiene para enfrentar cualquiera de las amenazas que el llamado nuevo orden mundial le presente.

Mucho se ha dicho hoy día sobre la decadencia y la pérdida de poder del Estado Nación; lo que casi nadie menciona es quién ha de asumir los roles que éste deje vacante, cómo funcionará la democracia de esta nueva forma de administración y si elegiremos finalmente entre los líderes del mercado en vez de hacerlo entre los líderes políticos.

Buscamos afanosamente la forma de conformar un bloque económico, sin pensar que el fin último es el de cristalizar la unidad política y no hay nada que pueda sostener seriamente que la Unión debe construirse primero en lo económico. Sólo hay modelos actuales que, por supuesto, son escasos. La Unión Europea, es el que sobresale por su eficiencia.

Pertenecer tiene que proporcionar ventajas y estas ventajas no deben surgir solamente del análisis económico.

En este sentido, la Unión pareciera ser más que una estrategia, una condición estratégica ineludible en el escenario del nuevo siglo. Tanto en lo interno como en lo externo, un bloque de naciones posee una fuerza que difícilmente conseguiría cada una por sí misma.

La Unidad política se construye desde lo básico; de lo elemental hacia lo complejo. No es necesario resolver ahora todos los detalles que hacen a la Unión; simplemente hace falta tener la voluntad de empezar con algo básico en lo que se pueda obtener consenso.

Poseer un parlamento sudamericano no equivaldría a resolver desde la Unión todos los problemas domésticos de cada Estado que la componen; simplemente significaría empezar a tratar algunos temas de interés del conjunto y arribar a posiciones de consenso que permitan avanzar hacia una mayor unidad.

Lo demuestra la actitud de Europa, modelo de unidad política y económica compleja; donde si bien esta última juega un rol importante, siempre está al amparo y en función de lo político.

La pasada cumbre de los 15 en Niza, entre el 8 y 12 de diciembre del 2000, se realizó con un fin absolutamente político: modificar las instituciones de la Unión y, a propósito, el reparto de votos entre sus miembros.

Uno podrá darse cuenta que, como cualquier acuerdo político, éste tendrá en el futuro inmediato y lejano implicancias económicas y, por otra parte, el mismo embrión del acuerdo lleva en sí una gran cuota de contenido económico inicial. Tanto las potencias más ricas y poderosas como las más humildes, económicamente hablando, pretenden obtener mayores ventajas económicas.

Capacidad de decisión y mejor posicionamiento económico, son y no son la misma cosa según sea la perspectiva desde la cual se mire el problema y los intereses últimos que se persigan. Esto es lo que las potencias europeas estaban discutiendo en la pasada Cumbre de Niza.

La propuesta presentada por Francia fue rechazada varias veces por la mayoría de los países de la Alianza con mayor o menor énfasis, lo que dejó al descubierto que persisten serias divergencias entre Francia y Alemania en torno a la política Europea.

Esta no es la primera vez que lo político empantana la discusión en la Unión Europea. En la Cumbre de Amsterdam, en 1997 hubo problemas al querer diseñar la estructura de la Comunidad.

Si bien en la cumbre de Niza de la Unión Europea no se alcanzaron la totalidad de los objetivos fijados, se presionó para la creación de una identidad militar de la Unión, la "Iniciativa de Defensa Europea" (IDE), a pesar de las preocupaciones de los Estados Unidos y la OTAN en tal sentido. Y esto es fundamentalmente político.

Con esto me refiero a la importancia que los europeos están dando a lo estrictamente político que, por supuesto, no quiere decir dejar de lado lo económico.

En nuestra región deberíamos hacer que lo económico vuelva a tomar el lugar que le corresponde, el que nunca debió perder. Como lo militar o lo social, debe ser una herramienta de lo político.

Es necesario que los líderes sudamericanos tomen conciencia de esto a fin de ponerse de acuerdo y elaborar una estrategia común sobre bases realistas y acorde con los tiempos que se viven.

Qué hubiese ocurrido si los líderes de las extensas naciones americanas, a fines del siglo XVIII y principios del XIX, hubiesen pensado que la paridad económica era lo fundamental para alcanzar la unión nacional.

El caso argentino es concluyente, nada había económicamente en común entre los habitantes del noroeste con los del litoral o Buenos Aires. Es más, muchos eran los motivos e intereses económicos que hubiesen justificado una ruptura definitiva antes que una unión permanente.

Ni que hablar de los padres fundadores de los Estados Unidos cuando afrontaron la empresa de crear una nación sobre la base de trece colonias económica y políticamente desiguales y en muchos casos enfrentadas.

"Pero tras la Guerra de la Independencia no se veía tradición alguna de unión, y era muy difícil llegar a descubrir ninguna comunidad de intereses en que pudiera apoyarse tal unión. La mayor parte de los ciudadanos de los Estados Unidos de 1790, si se les hubiera preguntado cuál era su país o su patria, no habrían dicho Norteamérica, sino Carolina, Virginia, Pennsylvania, New Jersey, Nueva York o Nueva Inglaterra".

Estas uniones fueron posibles a fuerza de intereses políticos sustentados por líderes políticos decididos que usaron las herramientas que poseían para construirlas, entre ellas lo económico.

El modelo de unidad no tiene por qué ser de signo económico. No creo que sea una condición absoluta para la unidad de una región y menos de la nuestra.

Pero esto es un punto más a debatir, creo que este foro de discusión es un ámbito adecuado para establecer acuerdos y formular opiniones que arrimen a soluciones cada vez más acertadas; una estrategia común que se construya desde un acuerdo básico, realista y, sobre todo justo.